martes, 29 de enero de 2013

SENTIR LOS COLORES (mi camiseta)- febrero 2007




Hace unos 4 años, un grupo de expertos de la NASA dirigidos por la Dra. Helen Tejuela, realizó un estudio secreto de la camiseta del Chumari, el punta más transpireitor del equipo de fútbol sala de 1º BACH que juega en la liga EyG. Pertrechados[1] de las correspondientes mascarillas para evitar los efluvios chotunos[2] que desprendía la prenda (peor que el polonio 210, oye...), sometieron a la camiseta a una semana de intensos estudios en el prestigioso T-Shirt Guarrindongui’s Institute of Oklahoma. Estos son los resultados de la investigación. Encontraron:

·         Restos de ADN de 5-6 personas y un Yorkshire (no sabemos si son de la mascota del equipo)

·         154 microrroturas por tracción (agarrones)

·         Un moco fosilizao de la era cuaternaria en la manga derecha.

·         10 recosidos de costuras.

·         Algo de sidra el Gaitero (suponemos de alguna celebración)

·         Restos de actividad eléctrica en la zona del escudo (creemos que el corazón dejó rastro de su alta actividad)

·         0,5 ml. de una solución acuoso-salina (lágrimas, probablemente)



Al comenzar la liga en septiembre, cada jugador/a recibe la camiseta de su equipo y que le acompañará toda la temporada. Son juegos de prendas que se renuevan cada 5 ó 6 años. Esta medida tiene un motivo: durante un año uno debe hacerse responsable de un bien que otros han disfrutado antes, y que debe dejar en el mejor estado posible a otros que vendrán. Lo de menos es lo que cuesta: la camiseta es algo más que unos metros de tela azul y blanca que nos sirve para diferenciarnos del contrario. Es como si valorásemos la 9ª Sinfonía de Beethoven por la calidad del papel en que está escrita. Lo que vale no es el soporte material, sino lo que significa.

Ponerse la camiseta es conectar con la historia de tu equipo. Es hacerse representante de sus valores, de su estilo de juego, de su filosofía de la competición, de su manera de estar en el campo. La camiseta de nuestro equipo quiere significar buen juego, elegancia, coraje, limpieza y educación. No vivir así la competición es como interpretar la 9ª de Beethoven con cazuelas de cocina: se estropea el significado.

Por eso los entrenadores llevamos mal que la camiseta se deje tirada en el suelo los días de calor o se lleve atada a la cintura para tapar mi orondo trasero o porque prefiero lucir palmito[3].

A los juveniles que pasan a los equipos de mayores se les regala esa última camiseta que han llevado. Para ellos no hay mejor colofón a su paso por los equipos del cole. Y estoy seguro de que si el equipo de la NASA tuviera instrumentos para analizar las emociones que contiene esa última camiseta seguro que hallarían grandes dosis de alegría compartida, de amistad fraguada en las dificultades, de anécdotas superdivertidas, de superación personal y de vivencias irrepetibles. Así que… trata bien a tu camiseta; no tanto por lo que es como por lo que significa.
       También en Cuaresma los cristianos sentimos especialmente los colores. El morado con que se revisten los sacerdotes en la Eucaristía -que también se usa en adviento- nos habla de pretemporada, de entrenamiento exigente. La cuaresma es algo así como la preparación para los play-offs de Semana Santa. Exige cuidar la alimentación renunciando a los caprichos, concentrarse en el campeonato mejorando la oración y esforzándose en lo que más nos cuesta. Merece la pena el esfuerzo para poder vivir los play-offs con intensidad.


[1] Pertrechar: equipar a un conjunto de personas de material para defenderse o realizar una acción.
[2] Efluvios chotunos: olor como a vaca descompuesta.
[3] Lucir palmito: presumir.

viernes, 8 de junio de 2012

NO CAMBIES NUNCA (junio 2012)




Philip O’Succion, profesor emérito de la Universidad de Yalevale, comenta en el capítulo 25 de su tesis doctoral titulada The influence of kitsch in contemporary sport[1]  que “difícilmente se podrá encontrar en los anales del deporte un equipo más cursi que aquél equipo de voleibol femenino del A.D. Recuerdo que ganó la fase regional de la liga infantil del año 1967”. Junto con el equipo de investigadores de la facultad de Parapsicología de dicha universidad realizó un estudio de las cacofonías que habían quedado impregnadas en el ambiente del antiguo, añorado y ya derribado frontón. El resultado de dicho estudio se pudo ver en un reportaje del programa 4º Milenio del pasado noviembre, coincidiendo con la festividad de todos los santos. En las grabaciones que aportó el profesor O’Succion pueden reconocerse las siguientes frases con las que el mencionado equipo solía animarse tras ganar –o perder- un punto:
“Zipi, Zape, Recuerdo al ataque”; “Cohete, cañón, Recuerdo campeón”; “Somos del Recuerdo, somos los mejores y, aunque no ganamos, somos superiores”… y otras parecidas que, por falta de espacio y por respeto a la sensibilidad de los lectores, no nos ha parecido oportuno reproducir.
                La jugadora que lideró a esta promoción de gran calidad deportiva y pésima literaria fue la capitana Lola Mento. El año que dejó el equipo de voleibol del colegio para dedicarse a organizar su puesta de largo, sus compañeras le hicieron un regalo inolvidable a la par que original: le regalaron una camiseta con los colores del equipo dedicada por todas sus compañeras. Dicha camiseta es mencionada también por el profesor O’Succion en su tesis como ejemplo de una aglomeración de cursiladas de proporciones similares a una manifestación de Barbies indignadas a la puerta del hotel de Justin Bieber:
“Nadie es perfecto, Lola eres la excepción”/ “Siempre estarás en mi disco duro, aunque cambie de Ipad3”/ “Dos claveles en el agua no se pueden marchitar, las amigas que se quieren no se pueden olvidar”/ ”Siempre unidas, como el esmalte a la uña”… Y, por supuesto, la que no falta nunca en este tipo de recopilaciones de joyas literarias: “Lola, no cambies nunca”
                Alguna vez también me han escrito esta frase en alguna postal de final de temporada, y siempre me ha hecho sonreír porque hubiera preferido que me dijeran qué era exactamente lo que no tenía que cambiar y qué lo que sí; al estilo de: no cambies tu exigencia, me ayuda a mejorar;  o ¿por qué no cambias los chistes que haces en los estiramientos, que son los mismos que les hacías a mi padre?, o ¿por qué no cambias un poco tu carácter (que no hay quien te aguante)?, o ¿por qué no preparas mejor tus entrenamientos?
                Y esa misma frase me hace pensar en los alumnos de 2º BACH que acaban su paso por el colegio. Y me resisto a pedirle a la Virgen del Recuerdo, como solicitud para todos ellos, que no cambien. Me sale más rezar porque les hayamos preparado para aterrizar en un mundo que cambia rápidamente. Solamente quisiera que no cambiasen la intención de hacer el bien y de intentar ser cristianos ejemplares, que no es otra cosa que intentar mirar todas las realidades con la mirada de Jesús y que creo que es la mejor aportación que pueden hacer a nuestro mundo.
                Que Dios os bendiga cambiando sólo lo accesorio para ser mejores personas.





[1] La influencia de lo cursi en el deporte contemporáneo

lunes, 5 de diciembre de 2011

FILEMÓN MAYORAL, UN LEÑERO SIDERAL


Todos los expertos en fútbol de colegio coinciden: Filemón Mayoral fue un leñero de dimensiones siderales; hay que decirlo.
De esos que cuando pasaba el delantero sacudía sin disimulo y, acto seguido, levantaba las manos con cara de alumno de 4 años al que se le cae la bandeja en el comedor y, ante el gesto severo de Antonia, se justifica con una pose de  “el nene no quedía, ha zío la fueza de la gdavedad, ze lo pdometo”. Como además tenía cierta vena teológico-humorística acuñó el concepto de “hachazo venial”, que él definía, no sin cierta retranca, como ese patadón al tobillo, con balón por medio, realizado con pericia que deja al adversario dolorido pero, como diría el derecho romano, sin animus lesionandi (consulten al profesor de latín) Ese hachazo venial, en su opinión, como mucho podría recibir una tarjeta amarilla pero, ¡por amor de Dios!, jamás una roja.
            Esa interpretación tan personal de la sanción de sus acciones desgraciadamente respondía a una conciencia del bien y del mal teñida de un excesivo subjetivismo. O para que nos entendamos: las faltas y errores que cometo exijo que sean juzgadas misericordiosamente, porque así lo dicta mi conciencia; pero las que cometen conmigo son, como mínimo, de roja y expulsión, cuando no de sanción a perpetuidad.
            La culpa no la tenía del todo él. Su padre fue educado en el rígido orfanato de los Hermanos Ascensoristas del Séptimo Piso y acabó tan quemao de tanta disciplina que se fue al polo opuesto y le dejó hacer a su libre albedrío roussoniano desde bien pequeñito. El resultado es previsible: empezó siendo un gracioso rey de la casa, dejó la monarquía para pasar a ser el presidente de la república independiente de su casa, hasta que acabó reuniendo en sí mismo el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, como un jacobino de 5 añitos. Imperceptiblemente se instaló en él la certeza de que el mal y el bien son subjetivos, y que dependen sobre todo de las emociones. Mis sentimientos son los que, en último término, deciden si algo está bien o mal. Y culminó la bóveda de su argumentario con la gran piedra angular del pensamiento moderno: todo es relativo; y lo que hoy es tarjeta roja quizá mañana será aceptado por la FIFA…
            El mundo necesita de personas con buena conciencia que se pregunten sobre las consecuencias de sus acciones en los demás y en el entorno. Quizá en el fondo de esta severa crisis que vivimos esté que el bien común ha sido eclipsado por el bien individual a toda costa. Y así nos va… A lo mejor, en este tiempo de Adviento, hay que empezar recuperando la confesión para ajustar la conciencia. En tiempo de nuestros abuelos todo era pecado, pero ahora todo se perdona porque nos hemos convertido en los propios jueces de nuestros actos: ¿conocen a alguien que se confiese de intentar defraudar a hacienda; de abusar de los servicios públicos; de no hacer bien su trabajo y escaquearse; de coger lo que no le pertenece aunque sean cosas de poca importancia; de no vivir un poco más austeramente para poder compartir con los que nada tienen; de no tratar bien lo que es de todos; de no dedicar el tiempo suficiente a estudiar; de no aprovechar la vida para dejar el cacho de mundo que me rodea un poco mejor de lo que lo he recibido?
            Por si no le da la fe para aceptar la confesión, podemos ofrecerle una pequeña tabla de ejercicios de entrenamiento de la conciencia, para ganar masa espiritual:
Una vez por semana asuma los errores y acepte con paz pagar las consecuencias de los mismos.
Una vez por semana llame a las cosas por su nombre; por ejemplo: si rompe un cristal con un balón no deforme la realidad diciendo que “fracturó levemente un vidrio debido a una parábola no deseada del balón que golpeó accidentalmente su empeine”.
Y, como presupuesto, le ayudará en la formación de su conciencia partir de la certeza cristiana de que estamos hechos para disfrutar de todo lo bello, bueno y verdadero que hay en la Creación; pero que junto a esta irresistible atracción hacia el bien existe una tendencia innata (eso que antes se llamaba pecado original: no porque sea muy creativo, sino porque es muy antiguo) a elegir el lado oscuro de la fuerza. Feliz Navidad.          

jueves, 17 de noviembre de 2011

EL CALENTAMIENTO (o la importancia de los preámbulos)



Un poco cansados de tanta tertulia donde la gente opina de oídas y con poco fundamento acerca de cualquier cosa, la redacción de esta ilustre revista decidió encargar a un empresa solvente (Prospecciones Nasales Socioilógicas S.L.) un estudio serio y riguroso acerca de los hábitos de calentamiento de los alumnos/as del colegio. La encuesta fue realizada el pasado 30 de febrero entre 266 alumnos de 1º de BACH. A continuación recogemos un extracto del amplio estudio realizado:

·         A la pregunta: ¿Calienta usted antes de la actividad física?
Un 16’33 %  respondió que calentaba el banquillo sábado tras sábado de tal modo que tenía ya el trasero a rayas.
Un 24’56%  respondió que “por supuesto, me parece fundamental para evitar lesiones”
Un 65’333% respondió que “para el mus no es necesario, si acaso un taponcito de patxarán”.

·         A la cuestión: ¿Reconoce usted los efectos que produce en su organismo el calentamiento?
Un 44’44% respondió que mejoraba la respuesta física y psicológica.
Un 55’55% respondió que cuando se echa otra mantita encima los pies no se te quedan tan fríos.
Un 66’66% respondió que “déjese de calentamientos y chorradas, lo que hay que echar en el campo es más cooo..raje”

·         A la cuestión ¿Cuál es su rutina habitual de calentamiento?
Un 89’98 % respondió: carrera suave- estiramientos- ejercicios de movilidad articular- ejercicios más explosivos y técnica.
Un 23’32% respondió: frotar las manos, echar el aliento, volver a frotar, apretar el vaso del cafelito calentito y ver el partido desde el bar.
Un 56’65% respondió: “simplemente me pongo a pensar en el gobierno y esque… esque… esque… me pongo a cien, vamos, que me como hasta el banderín del córner…”

Los preámbulos de los partidos son muy importantes. Hay equipos que intimidan sólo con la forma que tienen de salir del vestuario: dinámicos, no arrastraos; como un equipo y no como el ejército de Pacho Villa. Equipos que salen bien uniformados a calentar, que tienen un orden claro en las actividades, que apenas necesitan que el entrenador les diga lo que tienen que hacer porque todos conocen las rutinas, que están concentrados en cada ejercicio de estiramiento porque saben que con ello evitan una lesión. Equipos a los que oyes animarse mientras hacen ruedas de pase o juegos de posesión. Equipos que salen al campo y dedican a la gente que les viene a ver su esfuerzo y su entrega.
Calentar bien no garantiza que ganes el partido, pero por lo menos te da 10 puntos más por temporada porque te evita goles en los primeros minutos por falta de atención, te evita lesiones que te hagan perder jugadores, te hace estar concentrado en lo que haces.
Cuidar los preámbulos es empezar a disfrutar del partido mientras preparas la bolsa la noche antes, e imaginas los pases, los tiros, las canastas o los remates que vas a hacer. Es disfrutar de encontrarte con los/as del equipo en el salón de actos y charlar con ellos del partido, hacer chistes de la última cantada del portero o comentar el último pase de Xavi Alonso o la canasta de LeBron James.
San Ignacio daba tanta importancia a la preparación de la oración que en cada meditación que propone en los ejercicios espirituales metía uno o varios preámbulos que ayudan a centrarse a la persona que va a orar. Y es que era un experto en relaciones humanas. La amistad de Francisco Javier le costó varios años de delicadezas. Sabía que las confidencias entre los amigos necesitan de un clima y de un tiempo; que no se puede forzar la intimidad ya que ésta precisa de cuidar los detalles, de ganarse la confianza a base de cariño, creatividad y respeto. Los preámbulos son como los entrantes en una comida, no distraen del plato principal, sino que preparan al paladar y al estómago para degustar el manjar que vendrá después. Cuida tus preámbulos. Felices vacaciones.

domingo, 18 de septiembre de 2011

HEROES DE LOS PEQUEÑOS DETALLES


      Adalberto Juan no sólo tenía nombre de galán de culebrón, también era el mejor ala-pívot que pasó por los cadetes de la A.D.R. Alto, ágil, rápido, con una muñeca prodigiosa, con un temple de acero y un espíritu competitivo que le hacía crecerse ante las dificultades. En esos minutos finales en los que el marcador está ajustado y nadie quiere tirar, él reclamaba el balón y asumía sin afectación la responsabilidad. Y es que las situaciones de presión le encantaban: “me mola”, decía realizando una síntesis de todo lo que sentía en esos momentos en los que la adrenalina fluye, el corazón se acelera, la emotividad se dispara, los árbitros se empeñan en perder los papeles y algunas madres olvidan su sagrada dignidad de progenitoras y se confunden con acérrimas ultrasur.

     Pero a Adalberto, que era capaz de realizar actos de heroísmo un sábado sí y otro también, le perdía lo cotidiano. Durante el resto de la semana era un tipo gris, anodino, incapaz de ser constante en hacer su cama por las mañanas y de entregar los trabajos de historia a tiempo. Él, que además tenía algo de filósofo de andar por casa, había encontrado la explicación a su incongruencia vital: “es que soy un imperfeccionista” (¡Ah... ya apareció el ejque...!) Pídeme un gesto heroico de vez en cuando pero no me pidas ser constante en hacer bien las cosas.

    Personalmente pienso que Adalberto Juan no tenía mala intención. Su problema era más de percepción que de mala voluntad: no se daba cuenta de los mil detalles cotidianos que están a nuestro alcance y que pueden hacer el mundo un poco más humano (que esa es la principal labor de los héroes y las heroínas). Y como no le habían entrenado la percepción de las cosas pequeñas se solía dejar las duchas abiertas (esto no le ocurría a menudo porque raramente se duchaba el muy porcino), jamás se ofrecía a sacar el material de entrenamiento, no se le ocurrió darle las gracias al entrenador por dedicarle su tiempo, jamás pidió salir del campo en un partido fácil para que jugase otro compañero menos hábil y tampoco se le vio dándose cuenta de que no había agua en la botella del banquillo y que había que ir a llenarla. En resumen: no le habían enseñado la importancia de estar atento a los pequeños detalles.

    Probablemente esto no le habría pasado si hubiera nacido mujer. Ellas suelen estar mucho más atentas a los detalles (a veces demasiado, porque interpretan detalles insignificantes como ofensas y desaires gravísimos). Para esto los propongo un simple test visual: observen el vestíbulo de un colegio de religiosos y otro de religiosas y comparen el número y estado de las macetas y demás chorradillas ornamentales. No hay comparación. No estaría mal que (por una vez y sin que sirva de precedente) aprendiéramos nosotros de ellas a cuidar todos esos pequeños detalles cotidianos que hacen la existencia más agradable y humana a los demás.

sábado, 3 de septiembre de 2011

A QUIÉN CORRESPONDA



Oficina de reclamaciones de la Santísima Trinidad. C/ Paraíso s/n

A quien corresponda:


      Les escribo la presente para presentar una queja sobre un producto defectuoso: yo mismo. Ya sé que después de 15 años es posible que la garantía haya caducado, pero solicito devolverme a mí mismo y, si puede ser, me den un vale para cambiarme por otro. No soy capaz de dar un pase medio bueno y un control decente con la pierna mala, mis regates no superan a un caracol con muletas. De repente me han crecido dos piernas larguísimas que me llegan hasta el suelo que parece que salen desde el cuello y que tienen vida propia, no me obedecen, me tropiezo hasta con obstáculos imaginarios. Pero esto no sólo me pasa en el equipo. Cuando me miro en el espejo este me devuelve a un tipejo de poblado entrecejo con poco gracejo y epidermis de cangrejo que me cuesta reconocer como a mí mismo. En casa sólo hacen que darme la chapa por mi horizontal –y a veces mugrienta- forma de contemplar la existencia que pasa lánguidamente por mi lado. Y con mis amigos no soy capaz de ser auténtico, de expresarme como me gustaría: no puedo vestir con una camiseta negra porque siento que me miran mal, no puedo confesar que me gusta el rock duro, el gregoriano y los Tokio Hotel; la poesía y la montaña, que aborrezco el alcohol de los viernes; no puedo decir que soy del Rayo Vallecano, no puedo ir a la misa de las 8 de la mañana del cole o a la salve de los viernes porque no puedo soportar esa sonrisa irónica que destilan algunos. Por que no me consideren un friki soy capaz de opinar como todos, hacer lo que todos, vestir como todos… aunque en el fondo sienta diferente.


        Les notifico asimismo que he enviado copia de mi reclamación a la Oficina Municipal de Defensa del Consumidor y a la OCUA (Oficina de Consumidores y Usuarios Adolescentes). Firmado Iñakin Ceañero

    Servicio de Atención al Cliente de la Santísima Trinidad. Calle Esperanza s/n.

       Estimado Iñakin: su demanda es una de las más comunes no sólo en el segmento de edad de los 15- 20 años, sino en el 95% de la especie humana adulta. Sufre usted lo que los autores denominan “síndrome del camaleón cabreao consigo mismo” también denominado por otros autores como “gripe pasajera de las apariencias múltiples”. Es un estado de desasosiego espiritual caracterizado por mostrarse de forma diferente según el ambiente pero con un deseo enorme de unificar la propia vida, de sentirse en armonía con uno mismo, con el entorno, con Dios. Le recomendamos en primer lugar paciencia consigo mismo: es una tarea que dura toda una vida. Pero empiece haciendo algunos ejercicios de autenticidad: sea creativo en sus planes de los viernes, busque momentos y amigos con los que poder hablar de sus verdaderos sentimientos; dedique un rato de su tiempo libre a cuidar de alguien que lo necesite y no se lo pueda pagar; acostúmbrese a vencer el miedo a hablar en público preguntando u opinando en clase: comprobará que no pasa nada. Si sigue este tratamiento le aseguramos que un buen día, sin que apenas se dé cuenta, se descubrirá confortablemente libre.

P.D. No tendremos en cuenta su opinión acerca de sí mismo como producto. Nuestros controles de calidad de la Creación son inmejorables. Sepa que fue soñado y creado único e irrepetible y, aunque a veces no lo perciba claramente, mirado entrañablemente con amor.