Todos los expertos en fútbol de colegio coinciden: Filemón Mayoral fue un leñero de dimensiones siderales; hay que decirlo.
De esos que cuando pasaba el delantero sacudía sin disimulo y, acto seguido, levantaba las manos con cara de alumno de 4 años al que se le cae la bandeja en el comedor y, ante el gesto severo de Antonia, se justifica con una pose de “el nene no quedía, ha zío la fueza de la gdavedad, ze lo pdometo”. Como además tenía cierta vena teológico-humorística acuñó el concepto de “hachazo venial”, que él definía, no sin cierta retranca, como ese patadón al tobillo, con balón por medio, realizado con pericia que deja al adversario dolorido pero, como diría el derecho romano, sin animus lesionandi (consulten al profesor de latín) Ese hachazo venial, en su opinión, como mucho podría recibir una tarjeta amarilla pero, ¡por amor de Dios!, jamás una roja.
Esa interpretación tan personal de la sanción de sus acciones desgraciadamente respondía a una conciencia del bien y del mal teñida de un excesivo subjetivismo. O para que nos entendamos: las faltas y errores que cometo exijo que sean juzgadas misericordiosamente, porque así lo dicta mi conciencia; pero las que cometen conmigo son, como mínimo, de roja y expulsión, cuando no de sanción a perpetuidad.
La culpa no la tenía del todo él. Su padre fue educado en el rígido orfanato de los Hermanos Ascensoristas del Séptimo Piso y acabó tan quemao de tanta disciplina que se fue al polo opuesto y le dejó hacer a su libre albedrío roussoniano desde bien pequeñito. El resultado es previsible: empezó siendo un gracioso rey de la casa, dejó la monarquía para pasar a ser el presidente de la república independiente de su casa, hasta que acabó reuniendo en sí mismo el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial, como un jacobino de 5 añitos. Imperceptiblemente se instaló en él la certeza de que el mal y el bien son subjetivos, y que dependen sobre todo de las emociones. Mis sentimientos son los que, en último término, deciden si algo está bien o mal. Y culminó la bóveda de su argumentario con la gran piedra angular del pensamiento moderno: todo es relativo; y lo que hoy es tarjeta roja quizá mañana será aceptado por la FIFA…
El mundo necesita de personas con buena conciencia que se pregunten sobre las consecuencias de sus acciones en los demás y en el entorno. Quizá en el fondo de esta severa crisis que vivimos esté que el bien común ha sido eclipsado por el bien individual a toda costa. Y así nos va… A lo mejor, en este tiempo de Adviento, hay que empezar recuperando la confesión para ajustar la conciencia. En tiempo de nuestros abuelos todo era pecado, pero ahora todo se perdona porque nos hemos convertido en los propios jueces de nuestros actos: ¿conocen a alguien que se confiese de intentar defraudar a hacienda; de abusar de los servicios públicos; de no hacer bien su trabajo y escaquearse; de coger lo que no le pertenece aunque sean cosas de poca importancia; de no vivir un poco más austeramente para poder compartir con los que nada tienen; de no tratar bien lo que es de todos; de no dedicar el tiempo suficiente a estudiar; de no aprovechar la vida para dejar el cacho de mundo que me rodea un poco mejor de lo que lo he recibido?
Por si no le da la fe para aceptar la confesión, podemos ofrecerle una pequeña tabla de ejercicios de entrenamiento de la conciencia, para ganar masa espiritual:
Una vez por semana asuma los errores y acepte con paz pagar las consecuencias de los mismos.
Una vez por semana llame a las cosas por su nombre; por ejemplo: si rompe un cristal con un balón no deforme la realidad diciendo que “fracturó levemente un vidrio debido a una parábola no deseada del balón que golpeó accidentalmente su empeine”.
Y, como presupuesto, le ayudará en la formación de su conciencia partir de la certeza cristiana de que estamos hechos para disfrutar de todo lo bello, bueno y verdadero que hay en la Creación; pero que junto a esta irresistible atracción hacia el bien existe una tendencia innata (eso que antes se llamaba pecado original: no porque sea muy creativo, sino porque es muy antiguo) a elegir el lado oscuro de la fuerza. Feliz Navidad.
"existe una tendencia innata (eso que antes se llamaba pecado original: no porque sea muy creativo, sino porque es muy antiguo)"
ResponderEliminarSólo por esta frase se debe leer este artículo.