Adalberto Juan no sólo tenía nombre de galán de culebrón, también era el mejor ala-pívot que pasó por los cadetes de la A.D.R. Alto, ágil, rápido, con una muñeca prodigiosa, con un temple de acero y un espíritu competitivo que le hacía crecerse ante las dificultades. En esos minutos finales en los que el marcador está ajustado y nadie quiere tirar, él reclamaba el balón y asumía sin afectación la responsabilidad. Y es que las situaciones de presión le encantaban: “me mola”, decía realizando una síntesis de todo lo que sentía en esos momentos en los que la adrenalina fluye, el corazón se acelera, la emotividad se dispara, los árbitros se empeñan en perder los papeles y algunas madres olvidan su sagrada dignidad de progenitoras y se confunden con acérrimas ultrasur.
Pero a Adalberto, que era capaz de realizar actos de heroísmo un sábado sí y otro también, le perdía lo cotidiano. Durante el resto de la semana era un tipo gris, anodino, incapaz de ser constante en hacer su cama por las mañanas y de entregar los trabajos de historia a tiempo. Él, que además tenía algo de filósofo de andar por casa, había encontrado la explicación a su incongruencia vital: “es que soy un imperfeccionista” (¡Ah... ya apareció el ejque...!) Pídeme un gesto heroico de vez en cuando pero no me pidas ser constante en hacer bien las cosas.
Personalmente pienso que Adalberto Juan no tenía mala intención. Su problema era más de percepción que de mala voluntad: no se daba cuenta de los mil detalles cotidianos que están a nuestro alcance y que pueden hacer el mundo un poco más humano (que esa es la principal labor de los héroes y las heroínas). Y como no le habían entrenado la percepción de las cosas pequeñas se solía dejar las duchas abiertas (esto no le ocurría a menudo porque raramente se duchaba el muy porcino), jamás se ofrecía a sacar el material de entrenamiento, no se le ocurrió darle las gracias al entrenador por dedicarle su tiempo, jamás pidió salir del campo en un partido fácil para que jugase otro compañero menos hábil y tampoco se le vio dándose cuenta de que no había agua en la botella del banquillo y que había que ir a llenarla. En resumen: no le habían enseñado la importancia de estar atento a los pequeños detalles.
Probablemente esto no le habría pasado si hubiera nacido mujer. Ellas suelen estar mucho más atentas a los detalles (a veces demasiado, porque interpretan detalles insignificantes como ofensas y desaires gravísimos). Para esto los propongo un simple test visual: observen el vestíbulo de un colegio de religiosos y otro de religiosas y comparen el número y estado de las macetas y demás chorradillas ornamentales. No hay comparación. No estaría mal que (por una vez y sin que sirva de precedente) aprendiéramos nosotros de ellas a cuidar todos esos pequeños detalles cotidianos que hacen la existencia más agradable y humana a los demás.
Pero a Adalberto, que era capaz de realizar actos de heroísmo un sábado sí y otro también, le perdía lo cotidiano. Durante el resto de la semana era un tipo gris, anodino, incapaz de ser constante en hacer su cama por las mañanas y de entregar los trabajos de historia a tiempo. Él, que además tenía algo de filósofo de andar por casa, había encontrado la explicación a su incongruencia vital: “es que soy un imperfeccionista” (¡Ah... ya apareció el ejque...!) Pídeme un gesto heroico de vez en cuando pero no me pidas ser constante en hacer bien las cosas.
Personalmente pienso que Adalberto Juan no tenía mala intención. Su problema era más de percepción que de mala voluntad: no se daba cuenta de los mil detalles cotidianos que están a nuestro alcance y que pueden hacer el mundo un poco más humano (que esa es la principal labor de los héroes y las heroínas). Y como no le habían entrenado la percepción de las cosas pequeñas se solía dejar las duchas abiertas (esto no le ocurría a menudo porque raramente se duchaba el muy porcino), jamás se ofrecía a sacar el material de entrenamiento, no se le ocurrió darle las gracias al entrenador por dedicarle su tiempo, jamás pidió salir del campo en un partido fácil para que jugase otro compañero menos hábil y tampoco se le vio dándose cuenta de que no había agua en la botella del banquillo y que había que ir a llenarla. En resumen: no le habían enseñado la importancia de estar atento a los pequeños detalles.
Probablemente esto no le habría pasado si hubiera nacido mujer. Ellas suelen estar mucho más atentas a los detalles (a veces demasiado, porque interpretan detalles insignificantes como ofensas y desaires gravísimos). Para esto los propongo un simple test visual: observen el vestíbulo de un colegio de religiosos y otro de religiosas y comparen el número y estado de las macetas y demás chorradillas ornamentales. No hay comparación. No estaría mal que (por una vez y sin que sirva de precedente) aprendiéramos nosotros de ellas a cuidar todos esos pequeños detalles cotidianos que hacen la existencia más agradable y humana a los demás.

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